Enfundada en su gabardina negra, con el oscuro pañuelo cubriendo su recogido pelo, recorría la calle inundándola con el triste sonido de sus zapatos.
Aún hoy, a pesar de haber transcurrido varios años y haber dejado atrás aquella dulce adolescencia, sigo recordándola tal y como era.
Externamente daba la impresión, aún sin haberla tratado, de ser divertida, su figura era delgada, frágil como un lirio pero a la vez, fuerte como un león, pero interiormente era fría y triste y su corazón estaba cerrado con un candado imposible de abrir.
No sé cómo, pero acabó saliendo con nosotros, se introdujo en la cuadrilla sin enterarnos, como si siempre hubiese estado allí, formando parte nuestra, como una más.
Ella fue un antes y un después en nuestras vidas, era como un viento venido del sur, cálido y suave, que acariciaba tímidamente la superficie de nuestra vida.
Era distinta a cualquier chica que hubiera conocido hasta ese momento. Todos confiábamos en ella, era fácil contarle cosas, de una u otra forma, se convirtió en la confidente del grupo. Nunca lo había pensado, pero ella lo sabía todo acerca de nosotros lo que pasaba en nuestras vidas, nuestros pensamientos, sentimientos, soledades, alegrías, gustos, y nunca dijo nada a nadie.
Sin decir ni una palabra tú ya sabías que ella estaba allí, ayudándote pasara lo que pasase, sin importarle nunca el por qué.
Fue la revolución del género masculino del grupo y la envidia de todas las féminas. Todos queríamos ligar con ella y lo intentábamos de todas las formas posibles, causando una gran algarabía entre las chicas, pero aunque alguna en algún momento se pudo sentir amenazada, que no herida, con su impasibilidad ante nuestros pavoneos fue rechazando una tras otra todas las peticiones, con lo cual fortaleció la amistad que había entre las chicas. En aquel momento no se dio cuenta pero con aquella actitud marcó el principio de su final ¿Hasta dónde era capaz de llegar por no romper un lazo de amistad?
Siempre había quien le recriminaba lo tonta que era por tener ese buen conformar y que de esa forma no iba nunca a llegar a ninguna parte, pero siempre contestaba con una larga y cálida sonrisa, esa sonrisa tan natural y llena de alegría y de tristeza de comprensión e incomprensión, que te hacía pensar si era realmente tonta, o una buena persona con Mayúsculas.
A su llegada yo salía, más o menos formalmente con una chavala, vamos que tenía novia.
Yo quería mucho a mi chica pero desde que Ella llegó cada vez que le robaba un furtivo beso ella venía a mi cabeza, posándose tranquilamente como una mariposa y quedándose allí revoloteando de vez en cuando para nunca marcharse. Estaba hecho un verdadero lío, no me la podía arrancar de la mente.
Iba pasando el tiempo y entre una cosa y otra llegó el tan ansiado verano. Era un 20 de Junio y decidimos jugarnos las últimas clases del curso e irnos a la piscina, a estrenar la temporada, como decía ella. Nos metimos en los vestuarios y nos cambiamos. Ellas, cómo no, tardaron un siglo en salir, la verdad es que siempre me he preguntado qué hacen las “tías” tanto tiempo metidas en el baño.
Ella salió la última, riéndose a carcajadas de algo que no recuerdo, llegó hasta nosotros, que pacientemente esperábamos sobre el césped, tiró alegremente toalla y mochila, nos miró y echó a correr al agua. Se zambulló en la piscina como si de una sirena se tratase.
Todos fuimos detrás y nos empezamos a hacer aguadillas los unos a los otros.
Pero, de repente, ella empezó a gritar, se puso histérica, daba pena verla tan descontrolada, dando manotazos al aire e intentando alcanzar la escalera.
Salió del agua y se quedó ahí, de pie, al borde de la piscina, salimos detrás asustados, sin saber qué había ocurrido. Nuestro estupor sólo acababa de comenzar, estábamos acostumbrados a esa delicada voz que parecía que con cada palabra que pronunciara podía llegar a quebrarse, esa voz, se alzó alto, claro y fuerte, como si un volcán empezara a despertar de su letargo. Por su boca ya no salían suaves sonidos melódicos sino chispas y llamaradas de fuego. Esa dulce sirena se había convertido en un peligroso dragón rojo que aniquilaría a cualquiera que osara cruzarse por delante. Nos miró con la cabeza alta y llena de orgullo, como esperando a que aquel vasallo desobediente pidiera clemencia a la reina. Mi reina.
No pronunció palabra, airada dio media vuelta y se tumbó sobre la toalla que cuidadosamente estiró y puso en orden. Todos nos quedamos mirando sin entender que había sucedido, la impresión fue horrible, pero el ser humano reacciona rápidamente así que todos dieron por concluido el espectáculo y volvieron, riendo y gritando, a saltar sobre aquellas aguas que sólo gritaban ¡Diversión sin límites!
Me acerqué a ella, brillando bajo el embrujo de las perladas gotas de agua que bañaban su blanca piel aún por broncear, resaltando su espléndida figura.
Intenté entablar una conversación con ella. Ante mi voz levantó la cabeza y me miró. Era la primera vez que veía sus ojos sin maquillaje alguno, y me parecieron los ojos más bonitos del mundo, siempre decía, ante nuestras alabanzas, que eran de lo más normal, de un color amarronado como la inmensa mayoría de los mortales, pero para mí eran distintos.
Esa mirada que antes había sido la más graciosa, que hacía unos minutos había sido superior y castigadora, esa mirada, ahora, era triste y melancólica.
Clavó su mirada en la mía y una lágrima asomó empañando sus ojos. Esa amarga lágrima recorrió su bello rostro hasta acabar ahogada en el césped de la piscina.
Pensé en como una persona como Ella podía estar llorando. Ese dragón furioso ahora era una princesita atrapada por el miedo que pedía, a callados gritos, que la ayudara.
Cuando salí de mi fantasía, me encontré abrazándola y dándole ánimos para que dejara de llorar. Me volvió a mirar, y quité, con mucho cuidado, las lágrimas que atacaban en sus mejillas mi integridad. Me sonrió. Una sonrisa corta, melancólica y agradecida.
De repente se echó a reír y me dio un beso en la mejilla. Un cálido beso como una mañana de verano y suave cual terciopelo. Había hecho feliz a mi princesa, la había salvado.
Algo cambió en mí.
Luego vino el intentar que me diera una explicación, y ésta fue sorprendente. Siendo una niña, jugando alrededor de un gran estanque que se había construido en la orilla del río donde vivía, fue tirada por un grupo de adolescentes que jugaban, sin darse cuenta de que la chiquilla que batía violentamente sus brazos en el agua no lo hacía para exaltar más sus jubilosas risas, sino porque pedía a gritos y manotazos que la ayudaran. Cuando consiguieron sacarla había tragado tanto fango que estuvo enferma mucho tiempo. Las secuelas de aquel nefasto día habían sido tener terror al agua. Su esfuerzo había sido el conseguir, poco a poco, introducirse y luchar contra aquel monstruo que una vez casi la había devorado. El problema residía en que cuando le hacían una aguadilla, como había sucedido esa tarde, sus peores recuerdos surgían y no reaccionaba, su histerismo era incontrolable. Pero no quería decirlo de antemano, su intención no es dar lástima, y tenía que seguir intentando luchar contra sus fantasmas y vencerlos.
Al mes siguiente se fue con su familia de vacaciones, y sabiendo que hasta el nuevo curso no volvería, sentí tal soledad que mi mundo se quedó paralizado.
Nunca pensé que odiaría tanto el verano, se hizo pesadamente lento, mi carácter se hizo más melancólico, triste y pensativo. Sólo su imagen habitaba en mi cabeza; me distancié tanto de mi novia que ya ni siquiera coincidíamos. Mis amigos se burlaban de mí y me preguntaban que quién había sido la bruja que tan hechizado me había dejado, no andaban desencaminados ¿Qué extraño conjuro me había echado para dejarme tan loco por ella?
El verano fue llegando a su fin y con él el regreso del grupo. Iba preguntando, siempre disimuladamente, si alguien había tenido noticias de Ella, si sabían dónde estaba, pero ninguno pudo saciar mi curiosidad. Día tras día esperaba su regreso.
Faltaban escasos días para comenzar de nuevo el curso. Una luz celestial iluminó mi mundo y un ángel caído del cielo se fue acercando hacia nosotros, era, sí, era ELLA. Mi mundo cobró vida de nuevo y con él, yo.
Venía muy morena, con sus amarronados ojos pintados de negro, y su oscura melena recogida bajo el pañuelo de alegres colores. Nos saludó y nos comenzó a contar dónde había estado y todo lo que le había sucedido. No recuerdo muy bien a dónde había viajado exactamente, pero me la imaginé vestida como una vaquera del lejano Oeste, montando a pelo un precioso caballo blanco y persiguiendo un tren lleno de valiosas joyas. Ella, la vaquera más intrépida de todo el lejano Oeste.
Y un día tras otro, llevó al otoño. A mí nunca me había gustado, me parecía triste, todo se cae y se queda desnudo, seco, todo resulta feo, marrón, mustio; me recordaba a un anciano que conocía mi familia y que acababa de morir.
Pero a Ella le gustaba.
Recuerdo un día en que sólo salimos los dos y me dijo que era su estación favorita porque se parecía mucho a ella, yo me quedé estupefacto, por más que lo intenté no me la imaginé como una persona marchita, llena de pliegues y perdiendo parte de sí misma, cual la más ligera brisa, al decírselo rompió a reír contenta. Me explicó que para ella, el otoño, era esa estación en la que todo va pasando lentamente y poco a poco, que te deja tiempo en soledad para pensar y ponerte en orden; para ella el otoño no simbolizaba la caída, la muerte, sino el renacer, el limpiarse para poder resurgir con más fuerza. Decía que le recordaba a nuestro pasado, como si pudiera observar a los antiguos reyes y personajes de leyendas andando alrededor de nosotros, Ella se explicaba tan bien, ponía tanta pasión en lo que decía, que te convencía.
Recuerdo que estábamos sentados en un banco del parque, durante un rato, y mientras masticaba sus rojos regalices, en ese silencio, la miré largamente, detenidamente, analizando cada movimiento, radiografiándola visualmente, en ese momento, sentí unas ganas locas de besarla, allí, en medio del parque, un segundo más y… ¡me cagué! No pude. Fue la mayor estupidez de mi vida, pero pensé que según la fuera conociendo más, podría remediarlo.
Así sucedió otro invierno; hacía ya un año que la conocía y había pasado de ser una completa desconocida a mi única y mejor amiga. Hablaba con más confianza conmigo que con los demás.
Llegó la Navidad y el día de Nochevieja amaneció cubierto por un gran y espeso manto blanco que prometía durar lo suficiente como para tener la diversión asegurada. Sin pensarlo ni un segundo quedamos todos en un parque cercano ante la promesa de matarnos sin piedad con aquellas balas blancas.
Allí estaba Ella, un puntito negro entre el manto blanco, como una manchita de tinta en una hoja de papel por llenar, sólo que aquella manchita cobró vida y sus renglones empezaron a escribir con fuerza sobre nuestros cuerpos, a base de dura y compacta nieve. Fue un día estupendo ¡Qué mejor manera de despedir el año! Sólo podría haberlo mejorado un beso con mi pequeña luchadora, pero no sucedió, sólo fueron los consabidos dos besos en las mejillas que todos nos dábamos al despedirnos, aún así, en mi caso, también fue un intenso abrazo que me impregnó la piel del afrutado olor de su perfume, así permanecería más tiempo conmigo.
Los días fueron pasando, haciéndose más largos y calurosos, los meses sumándose y la primavera pugnaba por salir. Comenzaba otra vez junio y el instituto estaba apunto de concluir.
Un viernes estábamos en el parque, sentados en el banco que día a día nos veía evolucionar y crecer, planificando la tarde, cuando Ella llegó y nos invitó a todos a merendar. Ninguno puso alguna pega y nos encaminamos hacia una pizzería. Pedimos una pizza para cada dos y a mí me tocó con ella, ¡fue la pizza más sabrosa que nunca haya probado!
Esa noche, al despedirnos, Ella dio dos besos a cada miembro del grupo, como hacía siempre, y le entregó un sobre a una de las chicas, ningún misterio, pensé, se pasan información, me pareció extraño pero ya se sabe cómo son, siempre se dicen cosas por carta. Ella nunca lo había hecho hasta entonces, pero…
Me tocó el turno, me miró rápidamente, como si no quisiera que la viera, me besó, me abrazó, cosa que no era costumbre, y dijo un adiós tajante y seco. Una extraña sensación me invadió, yo no estaba preparado para lo que iba a ocurrir.
Al día siguiente faltaron dos chicas, Ella y la que había recibido el sobre, pensamos que estarían enfermas y no le dimos más importancia. Transcurrieron dos días más hasta que la joven se presentó y me entregó una carta. ¡El mismo sobre que Ella le había dado días antes y la misma que hoy sostengo entre mis manos!, haciendo memoria de aquellos gloriosos años en el otoño de mi vida.
Querido amigo:
Tú has sido más que un amigo, siempre te he considerado como un hermano.
Te extrañarán mis palabras, pero no te preocupes por mí, estoy y estaré bien allí donde el destino me lleve otra vez, me encuentro demasiado acostumbrada, en el momento en el que consigo encarrilar mi vida, hacer amigos, asentarme en un grupo…
No es la primera vez y me prometen que será la última, pero me siento como los pájaros que tienen que emigran.
Perdóname si no he tenido el valor suficiente para decírtelo, tampoco he podido contárselo a las chicas, así que te pido que seas tú quien lo haga.
Ni tan siquiera sé si podré volver algún día.
Mi padre cambia de destino, y como todo lo suyo es secreto, no te lo puedo decir, ni tan siquiera me lo han dicho a mí.
Nunca antes te lo había confesado, es algo con lo que mi familia tiene que vivir, por seguridad, ya sabes, mi padre es Diplomático.
Siempre tendrás un lugar especial en mi corazón.
Me desplomé. Mi vida entera pasó ante mí como si fuera una película, todas las esperanzas que tenía puestas, ahora que había reunido el valor para decirle lo que sentía…las lágrimas se escaparon de mis ojos
Estuve todo el siguiente año prácticamente sin salir, intentando superar aquel tedioso vacío.
No volví a tener noticias de ella.
Fue pasando el tiempo, ingresé en la facultad de biología y allí conocí a Gloria la única mujer en mi vida, me casé con ella y tuvimos dos hijos. Gloria nunca supo nada de aquel amor de adolescencia, ni tan siquiera supo que en algunas ocasiones me la recordaba.
Mi mujer murió hace dos años, y mis hijos ya son mayores, tienen sus propias vidas, a mí me quedan pocos otoños por ver, aunque ahora puedo decir que es una de mis estaciones favoritas.
Mis recuerdos han surgido tan vívidos, como si estos acontecimientos hubiesen ocurrido ayer mismo, al sostener entre mis manos, sentado en el banco del parque donde tantas charlas tuve con ella, la esquela de su muerte. Estoy llorando, llorando como un chiquillo desconsolado, como aquel día en el que leí su carta.
Ahora sólo espero que el otoño me lleve entre sus hojas, y que en esa mágica estación pueda volver a verla y cumplir un deseo que hace muchos años formulé:
robarle un beso.